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Esta es la segunda narración de la primera ascensión al Urriellu por parte de Don Pedro Pidal, Marqués de Villaviciosa y Gregorio Perez, el Cainejo el 5 de agosto de 1904. Está escrita por el propio Cainejo en 1905. El relato aparece publicado en el libro "Picos de Europa" de Pedro Pidal y José F. Zabala de 1918, donde aparecen transcritas las narraciones de los tres primeros ascensionistas. El texto lo he recogido de la reedición de dicho libro, respetando la redacción y ortografía originales del Cainejo. Respecto a esto último, no olvidarse de que estamos en 1905 en un pueblo recóndito, donde es fácil imaginal lo costoso que podía ser para un pastor aprender a leer y escribir. |
En el día 2 de agosto de 1904 estaba yo segando yerba encima del pueblo de Cain de arriba. Caminaba a buen paso un asturiano que se dirigia onde yo estaba segando y despues de saludarnos me dice: Vengo a buscarte; ¿y luego? Hoy llegó a la Vega de Ario D. Pedro Pidal y dijo que te habia escrito una carta para que estuvieras hoy en la Vega de Ario, pero vino él primero que la carta. Bueno, dile a D. Pedro que al ser de dia estaré en la Vega; y marchó a escape, pues dijo no tener a nadie en la majada. Bajé a la tarde a casa y despues de cenar, como hacia buena luna, eché a andar, llegué a la Vega muy de mañana y ya me salió al encuentro D. Pedro. Nos saludamos y le pregunto ¿quién ha venido con usted? Dos señores; de Oviedo uno, y de Gijón el otro. Llegamos a la tienda de campaña y me los enseñó, pues estaban durmiendo todavia en sus colchones de viento, pues estaban molestados a pesar de haber venido a caballo. Me dice: bueno; ¿estás dispuesto a que vayamos hoy a hacer la ascensión a Torre Santa? Por mi cuando V. guste, le dije. Bueno, ya tengo yo preparado lo que hemos de llevar. Mira si hará falta más; me enseñó la morrala y veo una magnifica cuerda; me dijo haberla comprado en Londres, y vi que habia comestibles bastantes para el dia. Vestí mi morrala y echamos a andar, despues de haber encargado a un mozo que, levantados los dos señores, los llevase a tomar una vista a ls Torre de Jultayo, pues estaba cerca y era buena tierra, dando vista a Cain.
Llegamos nosotros al Hoyo de la Capilla y como habia buena agua nos pusimos a almorzar. Sacó D. Pedro su mapa y me preguntó ¿Cuála es Peña Santa de Enol? y se la enseñé, pues, aunque es un poco mas baja que Torre Santa, como está delante de esta, por la parte de Asturias se ve mas tierra; ¿y que te parece? ¿tendremos tiempo para subir las dos? si señor, hay dia para todo. Echamos a andar y mirando cómo corrían los rebecos que huian de nosotros, nos dirigimos a la Peña Santa de Enol, que es la primera. En menos de una hora subimos a lo alto, donde habia una pilastra echa a mano por el Conde de Saint Saud y sus guias. Sacó D. Pedro sus antiojos y recorrió desde alli hasta el mar y desde las cordilleras del Puerto de Pajares hasta las montañas de Llanes, y mas allá contra la provincia de Santander. Todo se veia, pues era un dia escampao, sin una chispa de niebla, que era lo que deseaba D. Pedro. Bajamos en media hora onde teniamos la morrala y la cuerda, que para subir esta Torre sabia yo que no hacía falta la cuerda. La vestí otra vez y echamos a andar para Torre Santa. Llegamos al pie y allí tuvimos que hacer uso de la cuerda; subimos aquel paso y la dejamos alli, pues de alli para arriba compredi que no nos hacia falta; no porque sea buena tierra; pero vi que D. Pedro se atrevia tanto como yo o poco menos. Llegamos a lo mas alto y nos encontramos con otra pilastra echa por el mismo Conde. Desde alli es el divisar tierra para la parte de castilla, pues yo creo que se verá hasta mas allá de las montañas de Sierra Morena (!!!). D. Pedro se asentó a mirar con los antiojos y yo como no habia dormido nada la noche anterior, me quedé dormido sobre una llastra muy llana, cuando el ruido de unas fuertes voces me despertaron. Era D. Pedro que con los anteojos alcanzó a ver los dos señores de la Torre de Jultayo, que a la sazón se levantaban para volver atrás. Les vociaba por ver si le oian, pero era imposible por la mucha distancia y la mucha altura que teniamos nosotros sobre ellos.
.No se cansa nunca de mirar D. Pedro a un lado y a otro, hasta que tuve que darle prisa, que nos hacia falta el tiempo para volver a la Vega. Emprendimos la bajada que es larga, pero no es muy mala. Al bajar nos juntamos con dos cazadores de Soto Sajambre. Bajamos a comer a la Fuente de las balas; las hay d epiedra roja, echas como a molde; por cierto que cogió algunas y las guadí; desde alli a la Vega todo es atravesar para adelante. Llevamos una tarde muy divertida, mirando los rebecos que saltaba a un lao y a otro, cómo salian de sestear para ponerse a cenar. De tiempo de tarde llegamos a la Vega a las seis y media o las siete.
Al otro dia de mañana batieron la tienda, pues como el dia antes, camino de Peña Santa, habiamos hablado de ir a hacer una tentativa a Naranjo de Bulnes y qedamos concertaos en eso, era preciso madrugar. Cargamos los caballos, apartamos lo necesario para nosotros y les dice a los dos señores y a un mozo que les acompañaba: bueno, si ustedes me permiten yo me marcho por aqui con Gregorio, a hacer la ascensión al Naranjo de Bulnes, si nos es posible; bajan con esto a Covadonga a a Cangas, entregan esta tarjeta al señor Dosal, que me remita un coche a la Hermida para el dia 7.
Nos despedimos y echamos a andar espalda con espalda. Bajamos a Ustón y al rio de Cares, alli almorzamos, pasamos el rio de Cares por un pontigo, emprendimos al Monte Llue arriba, que tiene una legua de largo; subimos a la Collada de Cerredo, tomamos el fresco un rato, pues desde alli a la Majada de Camburero, que teniamos que ir a dormir, todo era alante en travesia y casi por sombra. En la Majada de Orande, en una cueva que tiene una fuente, comimos y bebimos y alli mandamos razon por un pastor de Bulnes, a Inocencio, que subiera de mañana a Camburero, que ibamos a ver si eramos de subir al Naranjo, para que nos ayudase algo; pero como le diera el aviso taarde, no subió. Echamos a andar, deseoso ya D. Pedro de dar vista al Naranjo, pero como Camburero está metido en un hoyo como media legua por bajo del Naranjo, hasta no llegar cerca no se nos ponia a la vista por donde nosotros íbamos, llegamos a un alto en cima de Camburero, y ya se nos presentó el pico cortao, liso y derecho por tres costaos; sacó D. Pedro los antiojos y de alli examinamos por onde pudiéramos embestir, dao caso que por lo que no víamos de alli pudiéramos subir a un descanso que nos presentaba menos de a la metá del pico.
Bajamos a la majada; nos preguntan los pastores el objeto de ir por alli sin escopetas; se lo hemos dicho, y dicen ellos: bien atrevidos los hubo en Bulnes y los hay también, y nunca subió arriba naide; pero es que ni los rebecos tampoco. Pero nosotros confiados en nuestras mañas y nuestra buena cuerda, teníamos confianza. Al otro dia, que era 5, esperamos un poco por Inocencio; viendo que no venía, echamos a andar, almorzamos bien en una fuente al pie del mismo pico, le damos la vuelta y vemos que por el costao que mira al Norte podríamos subir al descanso que decíamos por la tarde. Dije: bueno; quédese V. aqui; ahora voy a subir yo allá arriba si puedo y pasar a la horcada que víamos ayer, que de alli ya se ve y registra de alli para arriba. Me descalcé a pie puro, lo dejé alli con la morrala debajo de una piedra; embisto la peña; fuí pasando y subiendo llastralezas y pasos medianos; perdí de vista a don Pedro por tener que atravesar hasta la horcada que deciamos alli; me asenté y lo registre bien: se vían unos saltos y unos canalizos que no me pareció tan malo como resultó; volví atrás hasta llegar a la vista de mi compañero, y le digo a D. Pedro: ¿sabe Vd. que no se me hace tan malo como lo ponian? Se me figura lo peor de ahí aqui (pero no resulto ser asi); y marchó hacia donde yo estaba, con tanta arrogancia como si fuera a subir por un valle arriba; le mande que se asentara y esperase alli hasta que yo bajara onde estaba él para ayudarle, que era muy malo todo aquello; asi lo hizo; bajé onde estaba él y nos amarremos bien uno por cada punta de la soga; como estaba yo descalzo, mis pies pegaban bien a la peña, pero tambien ú mejor pegaban las alpargatas de D. Pedro. Fuímos subiendo poco a poco hasta una llambria que había que travesar bastante pendicular y sin agarradero ninguno; pase yo delante y con la cuerda favorecí a D. Pedro, y pasó también; y entonces me dijo D. Pedro ¿sabes que esta lúcia de peña se parece aquel sitio que pasemos el año pasado, cuando pasemos desde Caín a Cuestaduja y á la Collada de Cerredo, aquella llastra que llamais vosotros llambrialina? y con ese nombre se quedó y en verdad que nos valió mucho para bajar. Subimos otro poco más arriba y después tuvimos que atravesar un cacho p'alante hasta llegar al sitio donde había llegado yo primero, a un descanso que hacía la peña y se descubría la mayor parte de lo que faltaba por subir. Alli nos asentamos a descansar un poco y registrar con los antiojos cualo sería de lo malo lo mejor, pero todo nos parecio imposible, menos unos canalizos muy estrechos con algunos saltos de unos a otros y muy plomo arriba; y hemos dicho: si habemos de subir, tiene que ser por alli; y entonces, aunque la divina providencia lo hubiera ordenado, empiezan a reunirse ramos de nieble y se cerró por entero en un cuarto de hora y fué lo que nos favoreció despues de Dios y la cuerda para subir y bajar, porque nos quitó el asombro que metía al mirar pa abajo. Fuimos subiendo poquito a poco un gran cacho para arriba, hasta que tropezamos un muy alto salto que formaba panza en el medio y derechaba tan plomo arriba como un arbol entornao y sin agarraderas ni sitio onde poner los pies. Empezó D. Pedro a registrar y me dijo: ¿sabes Gregorio que aqui hay un gran agarradero? Se agarró bien una mano de él, afianzó bien los pies y me dijo: apoyo los pies sobre mis hombros; asi lo hice y despues sobre la cabeza, y despues me empujólos pies con una mano y entonces me enganché mis manos de un buen agarradero y me eché fuera. Subí más arriba, aseguré bien los pies y le dije a don Pedro: bueno, yo ya subí; preparese Vd. ¿estas ya bien seguro? sí, señor; pues arriba, empieza a esgatuñar y yo a tirar de la cuerda; en siguida llegó a mis pies, anduvimos otro cacho bueno para arriba que era menos malo, a la que tropezamos otro paso como el anterior; lo miramos bien y resolvimo valernos de las mañas que nos valimos para subir el otro; pero nos costó un poco más de trabajo, por tener yo ya los pulso algo cansados; pero por fin también subimos aquel paso. Ya decíamos nosotros: no llegamos nunca al alto, porque la piedras que despredíamos nosotros y la cuerda por estar mal seguras, las oíamos bajar rugiendo; pero no oiamos dar abajo y por lo tanto nos creíamos ir ya muy altos. Anduvimos un poco más arriba y advertimos que la niebla se bajaba un tanto y que los rayos del sol pasaban por encima de nosotros y que se veía un cielo azul que daba gusto; yo advertimos que se bia lo mas alto.
Soltamos la cuerda y la dejamos atrás y llegamos a la cumbre; nos asentamos sobre unas piedras un poquito, que subiamos cansados. Sacó D. Pedro los antiojos y empieza a mirar a todos laos, porque como la niebla estaba baja, echa una vega, se veía la mar de tierra y rebecos en aquella torre, en aquel pico, en aquel nevero, en aquel hoyo, en aquella verdiana, paciando, ¡qué gusto encontrarse en aquella altura y donde nadie había pisado! Tomamos unos caramelos por la mucha sed que teniamos y nos pusimos a trabajar para dejar a la vista pruebas de la verdad; nos pusimos hacer en la parte más dominante una pilastra cada uno, yo la hice de mi altura, firme y bien construida; me manda D. Pedro que le asegure algo la suya; la retaque bien, hasta dejarla segura; hicimos otra entre los dos, con tres grandes piedras bien asentadas unas sobre otras, en forma que se ven muy de largo y se verán siempre, a menos que algun rayo o chispa electrica las derribe, que alli se conocen que caen con frecuencia.
Emprendimos otra vez la bajada, que ya considerabamos mas dificil; fuímos bajando hasta encontrar la cuerda, nos volvimos a metere entre la niebla, bajemos hasta el último paso malo de la subida; se amarró bien D. Pedro por su cintura, con la cuerda que era bien segura, me aseguré yo para tener y bajó toda la largura de la cuerda; trato de bajar yo, pero no era posible; él no me podía ayudar, yo no encontraba de que me agarrar; ya decia: pero Dios mio ¿cómo subiría yo por aqui? Hasta que dice D. Pedro: mira a ver si encuentras de qué amarrar la soga. Reparé y vi un canalizo en la peña hecho por las aguas; anudé bien la cuerda, la metí en el canalizo, la atesté bien con piedras, tiré de ella y vi que estaba segura; me agarré de ella y en un instante bajé donde D. Pedro; tiré de navaja y corté la cuerda; anduvimos para bajo hasta el otro paso malo. Bajó D. Pedro y yo con la misma dificultad que arriba, hasta que me dice D. Pedro: vas a terciar la cuerda detrás de aquel pico que hace la peña; digo: doblada no va a alcanzar, que ya es más corta; nos soltamos; la doblé tras de el pico y bajaron las puntas hasta cogerlas D. Pedro; me agarré a ella y bajé enseguida. Echamos a andar, y allí por evitar u paso algo mediano que había para bajar al descanso que hacía la peña, donde habíamos estado sentados al subir, determiné bajar por otro lao. D. Pedro no quería; más valía lo malo conocido que lo bueno por conocer y tenía razón. Segui por alli y desorientamos. Dejé a D Pedro asentado y empiezo a registrar por aqui y por alli; encontre una cagada de un pájaro que la vi por la mañana cuando fui y volvi; bajé un poco más abajo y me encuentro con la llambrialina. Llamé a D. Pedro y le dije: aqui está la llambrialina, ¿tu estas seguro que lo es? sí señor; fíjate bien, me dijo, y el caso no era para menos, la niebla puesta, la noche encima, desorientados en la torre sin tener donde dormir, no siendo que nos ataramos a alguna peña con la cuerda. Volvi a subir donde D. Pedro y bajó todo lo que dió la cuerda y me llama: tienes razon, que es la llambrialina; ahora ya estamos bien, que ya estamos cerca de abajo, bajemos otro poco y enseguida llegamos al sitio donde teniamos mi calzao y lo demas equipo.
Alli, besemos ambos la cuerda por ser la que nos ayudo a subir y bajar, miro su reló y eran las siete de la tarde. Cogimos un chorizo cada uno y echamos a andar, llegamos a la fuente donde habiamos almorzao secos de sed, bebimos, tomamos otro chorizo y buenas conservas y echamos andar, pero enseguida nos cogio la noche por una pedrizas abajo, sin camino alguno y en terreno poco conocido. La iebla puesta y cerrada y de noche, trompicábamos a cada momento; no sabíamos por dónde andábamos. Vociábamos a los pastores de la majada, pero no sentíamos responder a nadie: lo que sonaban eran peñas rodar por aquellas pedrizas y por aquello comprendíamos que estábamos muy altos. Aqui caíamos, alli nos levantábamos; fuimos bajando mucho más y volvimos a vociar, y entonces ya nos contestó una pastora, que como tenia sus vacas un poco desviadas de la majada, escureció ordeñándolas, y como sabía que estábamos arriba y nos oyó vociar, nos esperó, por más que nosotros les habíamos dicho por la noche que si no eramos de subir al Naranjo no volviamos por alli, que nos dirigíamos a los Tiros del Rey y al casetón de Aliva y de alli a las minas de Andara.
Al sentido de las voces de la pastora, fuimos llegando poco a poco a bajar donde ella estaba sentada en nuestra espera. Como a mí me conocía, me dice: trairéis güena sede, podéis beber lleche; sí, dale a D. Pedro. Como estaba ya fresca y la sed era mucha, nos sabia a miel. Echamos a andar, llegamos a la majada que ya estaba cerca, nos metimos en las cabañas con los pastores, tomamos mas leche y cenamos bien; nos preguntaron enseguida que si habiamos subido al pico. Sí, nos costó trabajo bastante; pero subimos y para mejor creerlo, allá en lo mas alto del pico dejamos señales verdaderas, ¿que son? nos decian ellos, tres pilastras hechas por nuestras manos de la altura de un hombre, que nos llevó una hora justa el hacerlas, no se caeran nunca, como algun rayo no las demuela, pues español ni extranjero estamos seguros que nadie las ha de tirar, y si subiera alguno, que no subirá, que haga otra ú otras tres como las nuestras. ¿Y de abajo, desde la entrada del Jou sin tierra, se podran ver ya? nos preguntaron. De allí y de donde quiera que se vea lo alto, se ven muy bien; pues mañana echamos para allá, a verlas también; nos decían varias beces: se encuentran allá los robecos y suben hasta aquel descanso que hay al principio del pico y algunos cazadores también subieron alli; pero mas arriba nunca vimos ni oimos que naide ni nada subiese. Dormiriamos como dos horas, porque luego amaneció; tomamos más leche y nos guiaron por el sendero que iba a Sotres, donde nos dirigimos, y de Sotres a Andara. D. Pedro se dirigio a la Hermida, donde le esperaba el coche; nos despedimos amorosamente y yo me vovo por Bulnes para mi casa.
| Ultima revisión:
22 de octubre de 2003
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Miguel A. Pardo: lospicos@igijon.com |
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