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Era una de esas pocas tardes en las que te sientes realmente bien. Te sientes bien y esperas que alguien en el mundo tenga el detalle de reservar para ti un trocito de su vida. Pero nadie lo hace. Sí en nochevieja, sí en Navidad, sí en Reyes, sí en el día de los enamorados, sí en tu cumpleaños y en los suyos, sí en cualquier noche, sí en cualquier tarde, no en esa tarde. Todos los cerebros parecían estar ocupados, aquella tarde; o muertos, o desaparecidos. Bueno, aquella era mi tarde y me la estaban jodiendo bien, estaba claro. Probablemente acabaría muriendo en el olvido, mi tarde, eso pensaba. Tenía fuerzas de sobra para conquistar las nubes y el cielo despejado me lo estaba impidiendo. Podía viajar a La Luna, aquella tarde. Podía saltar más alto que nadie y pisar unas cuantas cabezas antes de irme a dormir. Podía mirar al cielo y predecir si iba a llover. Podía recitar de memoria la antología poética de Lorca. Podía recolectar la fruta en su punto exacto de madurez. Podía aprender a correr sobre el agua. Podía ver un murciélago y decir su nombre en latín. Podía enumerar los macizos montañosos de Europa o ganar un millón en la tele o asombrar a todos con piruetas jamás contempladas o tirarme a una princesa en la primera cita... Al final, me senté en la cama y puse la radio y encendí el noveno cigarrillo y me dispuse a esperar esperar esperar... Pero el teléfono no llegó a sonar. Nadie marcó mi número, aquella tarde. Julián Costa |