T E E N A G E RJuan Carlos Pérez BecerraEurídice decidió partir. Antes comprobó la firmeza de su pensamiento. Apenas cruzó la puerta, se precipitó al baño de invitados. Allí, sin encender la luz, se provocó el vómito. Metió los dedos en la garganta una y otra vez hasta expulsar en un espasmo continuo todo el alcohol y las pastillas mezcladas en las espídicas treinta y tres horas anteriores. Pulsó el interruptor. En el fondo del water, revelado por la claridad halógena, descubrió que los restos licuados de la química no eran blancos. Después se duchó. Por fin en su dormitorio, Eurídice descansó un tiempo, no mucho. Tumbada en la terraza juzgó las sensaciones –el frescor, la luz- y las comparó con las horas pasadas. Pensaba con nitidez. Quiso estirar los pies, y lo consiguió. Quiso mantener la vista contra el cielo más de un minuto, y lo hizo, siendo consciente del olor de la brisa, de la intensidad del azul que la obligaba a parpadear. Buscó los recortes de prensa en su mochila –los llevaba siempre ahí, plastificados- y junto a una revista se los llevó al balancín amarillo. Examinó nuevamente la portada. Con la claridad vespertina halló de nuevo aquel rostro enrojecido por los focos –la cara de plasma de Fagen- atenuada en su animalidad. Leyó por encima la crónica, coincidente hasta en la tipografía con lo grabado en su memoria; las declaraciones de una fan estúpida, la critica maleducada pero de intensa devoción de Kergs, a quien seguía desde aquellos primeros fanzines importados de Londres. Volvió a ver su expresión bronca en las granuladas fotografías interiores en blanco y negro. En una de ellas, la más pequeña, Kergs y Fagen parecían intercambiar confidencias y caricias. El brazo de ella, quemado por el flash, y unos mechones de su cabello cortaban la imagen por la izquierda, rompiendo de alguna manera aquel instante robado. El frío matinal la sacó del aturdimiento. Se encontró incómoda rodeada del aire, del silencio. Puso una cassette al azar. El sonido estallo, repentino, como una bomba, o más bien como un alarido del otro mundo. La frágil tela de los altavoces vibraba a punto de rasgarse. Metió entre ellos la cabeza, y cerró los ojos. A su mente vinieron imágenes inconexas, rapidísimas, alteradas en el espacio y el tiempo con la frecuencia de un ralentizado cambio de polaridad. Y así, arrancadas en fragmentos revividos, surgieron nuevas ansias, retazos inexplorados en un fresco hinoptico. Percibió un ente real que la espiaba. Se giro bruscamente. La asistenta miraba desde el otro lado de la habitación. Era una figura estática entre posters de un Fagen gigante en las paredes y los techos. Avanzó hacía ella, apagó el equipo musical sin perder la compostura frente al ruido enloquecedor, miró a Eurídice como quien mira a un ser maligno a punto de ser aplastado, y se fue. Eurídice recogió las fotos, los recortes, las entradas de conciertos, las revistas. Añadió en un montoncito sobre la cama algo de ropa interior, su cartera, un par de camisetas. No dudó si llevarlo o no, pero sí tardó un instante en comprender que si lo llevaba no habría marcha atrás. La nariz de Mickey apuntaba al techo. Estiró el gorro azul, alisó su uniforme de mago, lo colocó en un lugar digno y destacado entre la colección de peluches, junto a la foca, los dos gatos y la muñeca búlgara. Cerró la mochila medio vacía, se calzo las botas y bajó a trompicones las escaleras. Irrumpió en la cocina. La asistenta la miró de reojo. Aunque pretendió ser cínica, no pudo evitar una mueca de desprecio. Eurídice la ignoró. - Me voy. No sé cuando volveré. - ¿Acabas de llegar?. - Sí. - Vuelves a irte... Tu padre está hoy en casa. ¿No desayunas nada?. Casi no la oyó, mientras pedía un taxi por teléfono. Su madre, recién levantada, en la amplia y soleada cocina, quería no comprenderlo. Eurídice pasó al lado de la asistenta antes de salir. La susurró “cerda” al oído. Ésta apretó la gamuza y se mordió los labios. Se volvió para abofetearla pero ya no estaba.
El taxi atravesó la urbanización, después la sierra sin árboles, y se internó en la autopista tomando la dirección del aeropuerto. Se dio cuenta de que no pasaría los controles de policía. Ordenó que la llevaran a la estación de ferrocarril. Eran las once de la mañana. Aún quedaban nueve horas para la salida del tren-hotel que la dejaría en Amsterdam al día siguiente. Sintió de repente un cansancio infinito mientras sacaba los billetes, un írsele la fuerza física de arriba hacia abajo, y su cabeza, como un castillo de naipes, cayendo suavemente sobre las losas del suelo. Los cogió, y olvidó la Mastecard. Y cuando la voz subida de tono y unos zarandeos de los que hacían cola detrás lograron que volviera a la ventanilla, también olvidó aquel mostrador y la sonrisa amarilla del funcionario y su propia y absurda presencia en la inmensa Terminal Norte de ferrocarriles. Caminó lago rato por el vestíbulo sin guardar una trayectoria concreta en su vagar en torno a los grupos de viajeros, las maletas, las columnas, los paneles informativos. Un guardia de seguridad mascaba chicle apoyado en un carrito. Ante Eurídice, mareada, brotó la imagen de un Fagen desenfocado de entre un caleidoscopio de colores rotos y consignas publicitarias pegadas y vueltas a pegar. Faltaba la palabra Fagen en la parte inferior, invadida por la caricatura de un pez enorme que invitaba a ir al acuario. Se dio la vuelta en el mismo instante en que el guarda se acercó. Corrió, sorteó obstáculos en movimiento a punto de precipitarse contra el suelo. Vio las siglas WC y una flecha. Rompió a sudar cuando se encerró en el lavabo. Se metió dos rayas de cocaína. La debilidad ceso.
El revisor la acomodó en el departamento 14B, en uno de los dos coches-cama de primera clase. La calefacción fue lo primero que noto nada más cerrarse la puerta. Una bofetada de calor la succionó antes de que pudiera darse cuenta de la iluminación aséptica, del traqueteo recién iniciado del convoy. El bochorno la hizo salir. Se encaminó a la cafetería por los angostos pasillos que oscilaban. Pensó en si debería comer algo o no, pero las punzadas que regularmente contraían su estomago no las interpretó como hambre. Pidió sólo vodka ante el asombro profesional del camarero y de otro hombre vestido con forzada elegancia. Éste la observó de arriba abajo atraído por su osada juventud, su aspecto, su frágil dureza, extraña en aquel tren. No pudo satisfacer el morbo que le producía. Cuando se disponía a hablar sin saber muy bien de qué y por qué, sus ojos cortantes, alzados como un chispazo, le humillaron. Eurídice creyó que no llegaría sin caer hasta el último taburete libre en ese espacio atestado de individuos anónimos. No tropezó con nadie porque ellos abrieron espacio a su alrededor, intimidados. La pared la sujetó. Apoyada en ella, se enfrentó a las miradas de soslayo, a los que descaradamente mordían su piel, su escote, su rostro, a todos los ojos en los que reconocía los ojos de Fagen. Durante un tiempo indeterminado, permaneció con la vista fija en la ventanilla, sin parpadear, neutra a los focos y carteles de las estaciones que pasaban a gran velocidad, a la silueta negra de los montes contra un horizonte más claro a punto de morir, indiferente a su propio reflejo en el cristal sucio. Eurídice regresó a su departamento. Se desnudó. Apagó la luz. A pesar del calos, un frío interno la hizo gemir. Temblando, pegó con chicle la foto tamaño A4 de Fagen frente a ella, en la litera inferior. Deseó saber qué hacía allí, bajo las sábanas precisamente planchadas, agitada rítmicamente por el correr del tren hacía la frontera, cual era su propósito en realidad. Sus párpados cayeron. La última imagen antes del amanecer fue la pequeña rosa tatuada en su brazo izquierdo, manchada regularmente por los fotogramas sin orden proyectados desde el exterior. No recordó en cambio su casa, ni que dormir no era su actividad cotidiana a esas horas, ni tampoco a su madre. Sólo, vagamente, que al día siguiente cumpliría diecisiete años, y no le quedaban pastillas.
Eurídice caminó desde la estación sin importar a dónde; simplemente no se detuvo. Atravesó barrios impersonales formados por casas en serie de dos plantas. Luego edificios grises, aislados. El lugar a donde iba estaba lejos de allí. Bajó por calles despobladas, cruzó parques, avenidas de circunvalación. Más cerca del centro, reconoció fachadas decimonónicas y canales quebrados. Se orientó merced a una esquina en la cual había esperado una vez, una fuente del medievo al final de una calle empedrada, la tienda de chocolates anclada en otro tiempo. Con Fagen y Kergs habló tardes enteras en el pub frente al que ahora se encontraba indecisa, angustiada porque una sensación agradable la hizo relajar los músculos e incluso sonreír. Se acercó a la ventana. Todas las mesas del local se hallaban ocupadas excepto una, la única redonda, al borde de una escalera que conducía a la planta inferior. Entró impelida por la taquicardia, pero antes de llegar a la mesita de mármol aún llena de vasos y tazas, huyó, indefensa, acosada –así lo percibió ella- por individuos iguales que la observaban sin interés. Aceleró el paso en la calle, intentó racionalizar la decisión de regresar a casa. Pero los carteles apagados de la sala donde Fagen actuaba esa noche eliminaron toda intención de arrepentimiento. Permaneció sentada en el bordillo largas horas mientras se agotaba la tarde y grupos de jóvenes tomaban las taquillas, las aceras, llenando los huecos entre los coches, engulléndola a ella, ahí, casi en cuclillas, hasta que el rostro de Fagen en la fachada del edificio desapareció por completo borrado por ellos. Entonces se levantó, y de puntillas, siguió adorándole. Entró la última. La música era ensordecedora. Distinguió entre las cabezas, el vapor, y los haces de luz, a algunos conocidos de experiencias pasadas. Eurídice se colocó tras un pilar pintado en negro en un oasis de nadie, donde el sonido infernal le llegaba como amortiguado por la distancia y el viento cambiante. Permaneció así, abrazada a su mochila. Su corazón apenas latía. Un pase exclusivo bastó para que, no mucho después, accediera al backstage sin preguntas. Olía a sudores no ventilados, a humo coagulado. Todo parecía recircular allí dentro, el oxígeno gris, la gente, las nubes de marihuana. No eran muchos, al menos no tantos como en los festivales, pero sí ruidosos y excesivos en la ropa, el andar, exagerados en marcar poses ficticias. En todo operaba una transformación clandestina de mente y cuerpo, un ritual iniciatico que ella no deseaba volver a asimilar. Alguien se dirigió a ella, susurrando. Después, una mujer la besó repetidamente. Eurídice no opuso resistencia. Fagen estaba como un buda sobre un montón de cojines mugrientos en el suelo. Tenía más piercings que la ultima vez. Dos adolescentes parecían bailar a su lado, sentadas, como dos amapolas filmadas a cámara lenta. Eurídice se acercó y dijo: estoy embarazada. Fagen interrumpió la preparación de una raya, alzó la vista e hizo una mueca hastiada sin comprender. Su cara quedó así, con la misma expresión de sorpresa, de no saber quién era esa chica menuda que le hablaba entre dientes, que disparaba una y otra vez contra él. Kergs surgió en la escena. Aplaudía complacido.
Juan Carlos Pérez Becerra Gijón, Octubre de 2001
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