John Case y el Lector
Miguel Carrera
Una vez existió un hombre que podía leer a la velocidad del rayo. Pulverizaba libro tras libro sin inmutarse; las páginas apenas existían para él, cuando menos las pala-bras o las letras. Su afición a la literatura era tal, que era capaz de devorar veinte volúmenes en un solo día; y eso sin apurarse excesivamente, sin sacrificar demasiadas horas de sueño. Un auténtico portento; de los que hoy quedan tan pocos.
Había comenzado cuando sólo contaba cuatro años, leyendo siempre a escondidas (ya que en su país natal estaba mal visto que los niños fuesen tan listos a tan tierna edad), y con la eficaz ayuda de un diccionario documentado, pues, en su breve existencia, apenas disponía de léxico; había empezado, como decíamos, deleitándose primero con las fábulas más tradicionales, para más tarde atreverse con las novelas más arriesgadas. Así había ido criándose y conociendo el mundo: a través de las palabras de los hermanos Grimm, de las amables narraciones de Samaniego, de las historias interminables de Ende, y de más... muchos más.
Sus padres, por supuesto, estaban preocupados. Mientras que los demás niños de-dicaban sus horas libres a saltar, jugar, dormir o, incluso, protestar, él se encerraba en su cuarto a hacer quién sabe qué. Siempre así. De esta forma, su carácter se volvía cada día más introvertido, más reservado. Sólo los sábados, cuando le entregaban la paga semanal, mostraba un poco más de entusiasmo, casi de avidez. Cogía el dinero con manos firmes y expresión soñadora, y salía a la calle para gastarlo en Dios sabe qué. Cuando regresaba, corría a encerrarse de nuevo en su habitación, y ya no había quien supiera más de él hasta la hora de comer. Ellos, puesto que nunca en su vida habían molestado su intimidad (al fin y al cabo, se trataba sólo de un niño), no eran conscientes de lo que su hijo era capaz de hacer. Asimismo, nunca le habían preguntado en qué se gastaba el dinero que recibía cada semana, ya que, al tratarse de una persona tan joven, suponían que la mayor parte iba destinada a golosinas o a juguetes. No caían en la cuenta, sin embargo, de que la totalidad de juguetes que el niño poseía (y con los que apenas se divertía) habían sido adquiridos por ellos mismos, y de que detestaba con todas sus fuer-zas los dulces.
De modo que así fue creciendo nuestro héroe, en un universo de ignorancia y per-plejidad, rodeado de libros por todas partes, arrullado por las palabras de sus autores de niñez, descubriendo, día a día, a otros más complejos, como Joyce, Faulkner, Thomas Mann o Hemingway, e incluso a los clásicos: Plutarco, Séneca, Hesíodo, Platón, Aristóteles... Todo ello lo hacía con sumo interés y gusto por su parte.
Solía, asimismo, reunirse con ciertos profesores de su instituto y otros eruditos a disertar durante horas, siempre ante la mirada atónita de los que lo escuchaban. Discutía tanto acerca de las radicales opiniones de Friedrich Nieztsche, como de la teoría psico-analítica del doctor Freud; entraba en controversias acerca del verdadero significado de los escritos de Nostradamus; reinterpretaba pasajes de la Ilíada... Aunque lo que más le agradaba era leerlos en la soledad de su habitación, mientras sus padres, completamente confundidos, pensaban que su hijo sufría una especie de autismo o algo parecido, que se había desconectado por completo del mundo exterior. No tenían ni idea de que, a través de lo que leía, iba conociéndolo harto mejor que muchos de los que viajaban sin descanso por él.
El tiempo pasó rápidamente, como siempre suele hacer, y ese niño solitario se convirtió en un hombre serio y adusto, aunque no por ello desagradable. Incluso llegó a casarse, y tuvo varios hijos. Con todo, su pasión casi innata no disminuyó ni un ápice; más bien aumentó, pues, cuanto más leía, más quería leer. Su deseo era insaciable y, ahora que sus padres ya no existían (habían fallecido sin conocer el secreto de su único hijo) y su mujer compartía su afición por la literatura, ya no tenía la necesidad de ocultar sus libros. Tras varios años de estudios y sufrimientos, por fin trabajaba como profesor de Literatura Contemporánea en la Universidad de su provincia; su mujer, de hecho, era una de sus más destacadas alumnas. A veces, a manera de reunión familiar, realizaban sesiones de lectura con sus pequeños, leyendo él un párrafo y ella otro. No salían muy a menudo, eso es cierto, aunque no parecía importarles demasiado. A cambio, la gente venía a visitarlos a ellos: él aún mantenía contactos con sus contertulios de la adolescencia, mientras que ella solía llamar a sus compañeras de facultad. Y así, juntos entablaban diatribas que podían prolongarse hasta altas horas de la madrugada, cuando las nubes de humo de los cigarrillos y las botellas de alcohol a medio terminar marcaban un momento de comunión absoluta entre los miembros del debate y configuraban en sus espíritus algo que podemos llamar felicidad..
Pero ciñámonos, por fin, a lo que hoy queremos contar. Aparte de su ocupación principal, él había comenzado hacía poco, pero con gran éxito, a colaborar como columnista en el periódico local, pues, como es lógico, el placer de la lectura acaba despertando las ansias de escribir. Normalmente, trataba asuntos de actualidad o se limitaba a comentar alguna producción cinematográfica, aunque lo que mejor se le daba era la crítica literaria. Al principio, todo en él eran comentarios positivos, reprensiones constructivas y buenos consejos. Mas, un día, por algún motivo inexplicable, todo cambió. A partir de entonces, la mayoría de los críticos, pese a los elogios que de su parte había recibido y de su incipiente prestigio, empezaron a acusarlo de su acritud y pesimismo a la hora de reseñar una obra o un autor actual. Era algo muy extraño: antes, nunca se había comportado de tal manera. Sin embargo, él tenía sus propias razones; lo cual, dicho sea de paso, representa el meollo de todo el asunto y, en concreto, de nuestro relato. Había llegado a la firme convicción, después de tanto tiempo dedicado a la lectura, de tantos volúmenes analizados y de tantas horas perdidas tratando de escribir algo que le complaciese plenamente, de que la literatura había dejado de ser original: que nada de lo que ahora se contaba tenía el mínimo atisbo de novedad o interés real. En pocas palabras, que ya estaba todo escrito. No en cuanto a la forma, por supuesto; sino en lo que se refiere al fondo, al relato en sí. Lo había comprobado él mismo, cuando, al tratar de crear una novela o un poema, no se le ocurrían otros temas más que los tópicos de siempre: la soledad, el paso del tiempo, el bien contra el mal, la incomprensión, la búsqueda de un ideal, la muerte, la resurrección, la vida como camino, el infinito, la eternidad... todo eso ya estaba en Kafka, en Ibsen, en Borges, en Cervantes, en Petrarca, en Boccaccio... has-ta en la poesía de las tribus precolombinas. Y antes también: Petronio, Aristófanes, Catulo, Eurípides y todos los trágicos de la Antigüedad, Plinio, Píndaro... ¡Homero! Ya en el principio de los tiempos, literariamente hablando, se habían esbozado, si no definido por completo, las que, transcurridos casi tres mil años, seguirían siendo las fuentes de inspiración de novelistas, dramaturgos, ensayistas y poetas. Nada era nuevo, por tanto. Todo le sonaba familiar, ya conocido y destripado, al hombre que leía a la velocidad del rayo, puesto que se trataba del único ser vivo y pensante capaz de vanagloriarse de haber leído la mayor y más importante parte de la cultura universal, incluso antes de haber dejado atrás el ecuador de su existencia.
Pese a todo, aún hubo de pasar un tiempo considerable antes de que el incansable lector, como cualquiera se podría haber imaginado, tratase de encontrar una solución de-terminante a dicho problema, el cual le perseguía de forma obsesiva siempre que leía, y le atormentaba noche tras noche, cuando el insomnio le vencía. Había tomado la decisión de convertirse en el primer escritor totalmente original, de hacer todo lo que estuviese en su mano, y más, para crear algo que fuera completamente nuevo, que no tuviera nada que ver con lo que había degustado, no con poco placer pero con numerosas decepciones, a lo largo de su vida. Innovar era triunfar; había asimilado tal sentencia como si de un mandamiento o un axioma innegable se tratase y, tras algunas tribulaciones, se dispuso a ponerlo en práctica.
Comunicó su anhelo, así como su inminente búsqueda, a sus seres más allegados. Entre ellos, se encontraban los directivos del diario en el que trabajaba, los cuales, hol-gará decirlo, disponían de contactos en editoriales y revistas literarias que, sin duda, le serían de gran ayuda; contactos de los que él, por desgracia, carecía. Su mujer prometió ayudarle en todo lo que pudiese, como también hicieron aquellos amigos y compañeros de la infancia que habían seguido una trayectoria más o menos paralela a la suya. Incluso algunos de los eruditos más importantes de su tiempo, con los que había trabado conocimiento a través de su ejemplar trabajo en la Universidad, se prestaron a aconsejarle y auxiliarlo en todo lo que estuviese a su alcance. De modo que, poco a poco, tanto la envergadura del proyecto, aún difuso e imprevisible, como su séquito particular, fue-ron creciendo sin detenerse. Sólo cuando lo creyó oportuno, cuando se vio seguro de sí mismo al cien por cien, dio por fin comienzo a su investigación. No disponía, sin embargo, de ningún plan preconcebido acerca de cómo iba a ser ésta ni qué era exactamente lo que debía procurarse para hacer frente a los avatares que a lo largo de ella fueran surgiendo; simplemente, se dedicó a indagar en sus autores favoritos y a invitar a su casa a aquellos tipos que le parecían interesantes y que quizá le podían servir de ayuda. Hora tras hora, como ya hiciera en el pasado con sus acérrimos contertulios, conversaba a solas con varios de ellos en el humoso espacio de su estudio. En otras ocasiones, tras despedirlos amablemente, se dedicaba en solitario a intentar dar forma a aquello que se le ocurría o a las historias que acaso le parecían originales. Todo ello, sin descuidar las principales labores del hogar, aunque comenzando a ser absorbido por la dialéctica aventura.
Pasado un tiempo de estudio inalterable, de constantes relecturas y hasta de nuevas aproximaciones al corazón de la teoría literaria (todas ellas infructuosas), fueron los medios de comunicación, entre los que ya era célebre por su más que comentada habilidad, quienes le dieron fama nacional. Sus pesquisas, siempre en boca de sus compañeros de trabajo o de estudio, habían adquirido una dimensión que él nunca habría imaginado. Al poco, para sorpresa suya y de su familia, los medios terminaron por enmarcarle como una de las figuras punteras de la literatura actual... sin haber escrito nada todavía.
En menos de un año, pasó de la segura y gris tranquilidad de su hogar y su trabajo a las portadas de las revistas más prestigiosas. Los periodistas, no sólo los que se dedi-caban al mundo de la literatura, sino también (y por rocambolesco que parezca) aquéllos especializados en la prensa sensacionalista, asediaban su otrora pacífico refugio. Con el típico afán de encontrar nuevos y esperpénticos famosos que sirvieran de comidilla a la gente simple y sin estudios, creían haber dado con un gran filón, con una mina de oro, y no estaban dispuestos a desaprovechar su oportunidad.
Él, por su parte, debido al continuo acoso que comenzaba a sufrir cuando se decidía a dar un paseo o a visitar a un amigo, se propuso abandonar sus dos empleos por un tiempo, darse de baja y permanecer aislado unos cuantos días. Así, podría continuar su hazaña a puerta cerrada, acompañado tan sólo de aquellos seres que podían serle útiles en su empeño y siendo visitado a menudo por sus compañeros de búsqueda. Fue de este modo cómo ocurrieron las cosas... al menos por un tiempo. Su mujer aún constituía una parte esencial en su vida, así como sus idolatrados pequeños, aunque, a causa de lo relatado, ya empezaban a originarse las primeras riñas familiares; las tensiones entre ellos se hacían cada día más manifiestas. Ninguno acababa de comprender qué era lo que su-cedía ni por qué el pacífico y campechano hombre se volvía cada día más hosco y reservado. Al cabo de un mes, apenas salía ya de su rincón de lectura, la mayor parte de su jornada estaba por completo dedicada a sus frustrantes tentativas; puesto que, pese a la constante ayuda suministrada por sus colegas, y a la manifiesta disposición de éstos a echarle una mano siempre que hiciese falta, pronto comprendió que sus palabras, por elocuentes y documentadas que pareciesen, no iban a beneficiarle en nada ni a ser de utilidad en su periplo; hasta podían resultar perniciosas. Había decidido, entonces, disuadir sus ansias de acompañarlo en tamaña empresa y concienciarse para vérselas con su futura Obra él solo.
No obstante, si a alguien le interesa ser conocedor de lo que se trataba en aquellas interminables tertulias, a pesar de que su interés haya decaído tras el párrafo anterior, hemos de decir que, en realidad, poco aporta a nuestro relato. Ya que todo lo que se ha-bló en aquel reducido habitáculo no pasó de ser un manojo de ideas, algunas buenas, otras no tanto, que cayó, por decirlo de alguna manera, en saco roto. Muchas de ellas fueron esgrimidas por sus laboriosos y estimados homólogos, los cuales, casi tan deseosos como él por encontrar una solución plausible a la crisis que ya Ortega y Gasset expusiese en sus Ideas sobre la novela, se decantaban a veces por las más insólitas teorías y remedios. Algunos de ellos se atrevieron a sugerir “que no se rindiese a la escritura” (de esta guisa lo enunciaron), que lo más recomendable para su persona y, sobre todo, para su fama – ya no nacional, sino mundial – consistiría en dejar el proyecto en el aire, no llegar nunca a escribir nada; de este modo, conseguiría dar la impresión de ser el hombre más sabio y con ideas más lúcidas del panorama literario, que se muestra reacio, sin embargo, a revelarlas al vulgo. No le sería muy difícil, eso está claro, dada la trascendencia que había adquirido su propósito en los elitistas círculos cultos, sin haber hecho todavía declaración alguna al respecto. Continuando su discurso, aquéllos que esta indignante treta idearon, recordaron luego los personajes citados por el profesor Paparrigópulos en Niebla, del maestro Unamuno: aquéllos que se habían convertido en genios sin haber publicado nada y de los que el infatigable lector desconfiaba sobremanera.
Por lo expuesto, y por más razones que no viene a cuento desgranar, nuestro héroe, como ya apuntáramos, se deshizo de sus colaboradores y emprendió la búsqueda en solitario. Alargó escandalosamente su período de baja y decidió no salir de su despacho, a no ser para llevar a cabo las funciones básicas del ser humano, hasta que hubiese lo-grado algo que le satisficiese por completo, ya fuera poema, novela, ensayo o epigrama.
No podemos, a pesar de todo, referir en esta breve narración todo lo que llegó a escribir aquel hombre, desde que inició su andadura hasta que arribó a su fin, los descomunales ríos de tinta que de su pluma manaron durante día y noche, imparablemente. Tampoco hemos de rezagarnos en describir cuáles fueron las técnicas que siguió ni cómo logró comprender que todas ellas resultaban, de una forma u otra, completamente fútiles. Pero, sobre todo, estamos obligados a eludir el proceso de creación, las innumerables decepciones que se dieron en él y la ingente cantidad de papel que, desconsolado y abatido, hubo de hacer trizas. Bastará decir que si de él dependiese la conservación de un milenario bosque tropical, pocos árboles quedarían hoy en él; puesto que si, como ya dijimos, fue incalculable el volumen de tinta que, tras meses de trabajo, echó a perder, no seríamos capaces ni por asomo de hacernos una idea de cuantas hojas rompió tras desechar lo que en ellas había escrito. El caso es que, sea como sea, tras casi un año de tortuosa indagación, el hombre acabó dándose por vencido, echando por la borda todas las ilusiones que había puesto en su proyecto y reintegrándose a la vida cotidiana, a su realidad de lector notable y escritor frustrado.
En un principio, sin embargo, quizá por cobardía no expresa, determinó seguir el consejo de aquellos lunáticos que le habían advertido sobre la posibilidad de no publicar nada y conservar su caché intacto. De modo que, tras haber abandonado el hogar que durante un tiempo inacabable le había servido de presidio – no sin antes hacer las paces con su exhausta cónyuge – y haberse incorporado de nuevo al trabajo, rehusó hacer nuevas declaraciones a la prensa acerca de su ahora ficticio proyecto, mostrándose enigmático y revelando tan sólo su propósito de seguir trabajando en ello. Su popularidad, como habían augurado sus colegas, creció aún más; aunque él no confiaba en que ésta sobreviviese mucho. Por dentro, la integridad del individuo flaqueaba. Las semanas que siguieron a su difícil decisión fueron un auténtico calvario; sentía un enorme remordimiento y no podía evitar una brutal punzada de tristeza cada vez que alguien le deseaba suerte. Había fracasado. Todos sus sueños se habían tornado vanos y no merecía la pena seguir existiendo sin tener una meta clara que perseguir. Incluso consideró varias veces la idea del suicidio; pero si no fue capaz de llevarla a cabo fue gracias a las personas que aún le apreciaban en este mundo, que conocían su suerte y lo comprendían. Sí, amigos: por increíble que parezca, nuestro hombre llegó hasta esos límites deplorables. ¡Pensar en quitarse la vida cuando, sin saberlo, se encontraba tan cerca del hallazgo que cambia-ría su rumbo! Eso, como poco, hubiera echado a perder nuestra narración.
Dicho encontronazo (porque, en realidad, se trató de eso, no de otra cosa), sucedió poco después de que comenzasen sus visitas al psiquiatra, medida indispensable que había resuelto tomar tras los mencionados acontecimientos. Éste le había recomendado, como posible método para paliar la tensión que continuamente lo atenazaba, la audición diaria de una hora de música clásica. Quizá no serviría de nada, pero al menos conseguiría relajarlo por un tiempo. Ya habían pasado por su lector de CD más de cincuenta compositores de las más variadas calidades, cuando cayó en sus manos la polémica pie-za “4 minutes 33 seconds”, de un artista estadounidense llamado John Case. Al acabar de escuchar tal composición, se levantó de su silla, estupefacto, pero esperanzado por el “plan” que había empezado a germinar en su mente, y corrió a su estudio. Antes de eso, buscó a su mujer y le dio, sin explicar sus razones, un sonoro beso en la boca, haciéndole partícipe de su renovada alegría. Ya en el estudio, telefoneó, sin esperar al día siguiente, a los directivos del periódico. Cuando la recelosa secretaria le pasó con ellos, les solicitó ansioso que se pusieran en contacto con sus iguales en la editorial, pues su hombre por fin había terminado la Obra.
Todo ocurrió demasiado rápido. La prensa, los editores, los antiguos consejeros, los lectores, los libreros, los jefes del diario, el rector y todas las personalidades de la Universidad, los simples curiosos... Todos querían saber qué había creado el hombre que leía a la velocidad del rayo. Por eso, el día de la presentación, su casa, lugar escogido para el evento, estaba a rebosar de gente. Las revistas más prestigiosas habían apostado unidades especiales en torno a la finca; se habían personado los más insignes novelistas y poetas del momento, sin ni siquiera haber sido invitados; los dirigentes de las más punteras editoriales también se encontraban allí, así como los principales redactores de las noticias nacionales. Y lo más llamativo es que nadie sabía nada de la Obra, absolutamente nadie... a no ser el hombre que se encontraba ahora mismo en el púlpito erigido para la ocasión, dispuesto a hablar de su libro y de lo que había conllevado su elaboración. Aquéllos que lo habían seguido hasta el final confiaban tanto en él, que habían esperado sin preguntar hasta el desenlace, hasta que él mismo diese a conocer lo que sería la obra más famosa de la historia del país.
Acabadas las formalidades, realizó un discurso preparatorio que muy pocas personas entendieron. Para comenzar, hizo mención al descubrimiento que había dado inicio a la búsqueda, a su capacidad asombrosa de devorar libros y a su vida, en general. Se re-firió, más tarde, a sus pasos iniciales y al arduo proceso que lo había llevado hasta ahí, aunque en términos lo suficientemente oscuros como para que nadie dilucidase qué ha-bía ocurrido en realidad. Como colofón final, antes de revelar lo que todo el mundo había ido a escuchar, hizo sonar el aludido tema de John Case, iniciador, según dijo, de lo que él había llevado a cabo. Cuando pasaron los cuatro minutos y treintitrés segundos que, en efecto, duraba, la mayoría de la gente acabó por desechar la posibilidad de en-tender hasta dónde quería llegar aquel tipo. Nadie comprendía nada, así que, sin más dilaciones, el hombre se mostró dispuesto a enseñar por fin su Obra. La multitud, aun-que un poco perpleja, aplaudió con satisfacción el fin del misterio. Algunos le aclama-ron, mientras que otros gritaban que, por favor, lo desvelase de una vez. Él se agachó durante un momento y emergió de nuevo con una carpeta en la mano. De ella, extrajo una hoja en blanco, totalmente impoluta, y la exhibió solemne al público enmudecido. Sólo dijo dos palabras: “Aquí está”.
Así llegamos al final de nuestra narración y, con él, al de la aventura de su prota-gonista, que, como hemos visto, acabó descubriendo que la esencia de la originalidad se encontraba justo delante de sus narices, esperando tan sólo a ser descubierta. Con el fin de auxiliar a todos aquéllos que se hayan quedado confundidos, que seguro no son po-cos (aunque no tantos como los que aquel día se reunieron en la casa del lector infatiga-ble), aclararemos un último punto: la composición de John Case a la que hemos hecho alusión a lo largo de la historia es la única pieza musical conocida compuesta, en su to-talidad, por el más absoluto silencio.