EL ARMA HOMICIDA

 

 Aurora García Rivas.

 

Fui yo quien lo mató y nunca me descubrieron. Ni siquiera sospecharon de mí. Fue un crimen limpio, perfecto, tan bien ejecutado que quedó impune.

Hace de ello veinte años ya, y aún hoy nadie se atrevería a culparme y mucho menos a condenarme. Nadie podría nunca aplicarme ningún correctivo humano y, como no creo en la otra vida, tampoco temo  ningún castigo divino.

Hoy hago esta confesión porque me parece más indecente seguir viviendo con esta imagen que tengo de buena persona que el hecho d haberlo asesinado.

Y todo a cusa de que nadie supo ver nunca el tipo de arma que usé. Fue tan sutil, tan ingeniosa, que parecía un muerto de muerte natural. No dejé la menor huella: lo maté con mi estupidez, y jamás ningún legislador ha dispuesto nada al respecto. Ningún jurista sería capaz de usar sus artes de prestidigitador par aplicarme una ley siquiera aproximada a la naturaleza del crimen que cometí.

Es cierto, no existe ley alguna que castigue la estupidez, a no ser, claro, que yo cometa la estupidez de suicidarme.

 

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